Rodrigo Borgia

Alejandro VI (* Játiva, Valencia, 1 de enero de 1432 – † Roma, 18 de agosto de 1503) fue Papa de la Iglesia Católica entre 1492 y 1503. Su nombre de nacimiento era Rodrigo Borja.

La estirpe de los Borgia tiene su origen en la familia valenciana Borja, algunos de cuyos miembros se establecieron en Nápoles y Roma a mediados del siglo XV y adoptaron la grafía italiana por la que fueron mundialmente conocidos.

Aunque comenzó sus estudios en Valencia, se fue a Roma donde su tío, el papa Calixto III lo nombró obispo de la ciudad de Valencia en 1458. En sus estudios en la Universidad de Bolonia consiguió el doctorado en Derecho, con lo que pasó a ser notario apostólico.

En diciembre de 1456, Calixto III lo nombró su legado para los estados de la Marca de Ancona, pasando a ser en 1457 vice-canciller de la iglesia romana.

En el cónclave en que fue elegido papa no se tuvieron en cuenta sus Méritos personales, sino que los criterios de elección fueron otros: se atendió a posturas más políticas que religiosas.

El papa Alejandro había sido con anterioridad vicecanciller de la Iglesia, general de sus ejércitos y prefecto de Roma, además de persona de confianza de los cuatro papas precedentes y sagaz diplomático desempeñando funciones de legado del Vaticano ante las cortes europeas. Reunía, pues, las condiciones precisas para gobernar unos estados —los pontificios— que buscaban su engrandecimiento territorial y político, ajenos a que constituían el patrimonio material de una organización eclesiástica de finalidad exclusivamente espiritual.

El nepotismo (en latín nepos, -otis = 'sobrino') exhibido por otros papas dio paso con Alejandro VI al paternalismo, pues tenía hijos en número sobrado como para desempeñar todos los rentables ministerios cuyo otorgamiento quedaba en manos del papa. De madre no precisada habían nacido primeramente Girolama, Isabel y Pedro Luis, que sería el primer duque de Gandía. Siendo Rodrigo ya cardenal, hacia 1467, tuvo por amante a Vannozza Cattanei, de cuya relación fueron fruto Lucrecia, César, Juan y Godofredo (Jofré). Aún se le reconocen otros dos hijos de la tercera de las amantes «estables», Julia Farnesio. Los utilizó a todos en el desarrollo de sus planes políticos, particularmente a César, el brazo ejecutor de sus campañas militares, y a Lucrecia, cuya belleza y atracción usó como señuelo para captar por vía matrimonial a quienes la conveniencia del momento los convertía en aliados de interés.

El reino de Nápoles venía siendo campo de confrontación entre aragoneses y franceses y fuente de conflictos para el papado y para toda Italia. Los Anjou lo habían señoreado en otro tiempo, pero desde 1442 en que lo conquistara el monarca aragonés Alfonso V el Magnánimo con el beneplácito del papa Eugenio IV, había pasado a formar parte de las posesiones de la corona de Aragón. Cedido en 1458 a Fernando (o Ferrante), hijo ilegítimo de Alfonso (V de Aragón y I de Nápoles), fue regido por aquél hasta su muerte en enero de 1494. La corona habría de pasar por línea directa a su hijo Alfonso II; no obstante, el rey de Francia Carlos VIII, aprovechando el momento sucesorio, adujo unos lejanísimos derechos al trono napolitano por la fenecida vía angevina para reivindicar su ocupación. A tal efecto, despachó un embajador a Roma en solicitud de la investidura del reino de Nápoles, encontrándose con la negativa de Alejandro VI que comisionó a su sobrino, el cardenal Juan Borja, para que coronase a Alfonso II. El monarca galo vio propicia la ocasión y no dudó en movilizar sus ejércitos a la conquista de Italia como paso previo a la liberación de Constantinopla de los turcos y posterior entrada triunfante en Jerusalén.

Irrumpió aclamado en Milán, lo saludaron como salvador en Florencia abandonada por Pedro de Médicis y enardecida por el monje Savonarola, aplastó con facilidad la escasa resistencia que le opuso la ciudad de Luca y, sin apenas detenerse en su carrera hacia el sur, se encontró en Roma el último día del año 1494. Hubo gran expectación sobre lo que allí ocurriría; Carlos VIII había manifestado su intención de deponer a aquel Papa que había accedido al solio Pontificio por simoniacos procedimientos y que tan indignamente se comportaba. Alejandro VI, cautelosamente, se refugió en el castillo de Sant'Angelo aunque nunca perdió la calma. Consciente de que no podía oponerse al francés por la fuerza adoptó ante él un talante de cordialidad y hasta de aceptación. El conquistador se dejó a su vez conquistar por las corteses maneras del pontífice y acabó reconociéndole como papa legítimo y expresándole su filial obediencia. Tranquilizados los ánimos, el ejército francés prosiguió su marcha hacia Nápoles donde entró en febrero de 1495. Alfonso II había abdicado en su hijo Fernando y había huido acogiéndose a la protección de la corona aragonesa. La ocupación del reino se realizó sin enfrentamiento bélico.

Entre tanto Alejandro VI no había permanecido inactivo; tan pronto vio a Carlos VIII traspasar los muros de Roma, aprovechando los recelos que el fulgurante avance de las tropas galas estaba produciendo no sólo en Italia sino fuera de ella, coaligó en su contra a Ferrara, Venecia, Mantua y aun la misma Milán, uniéndose a ellas el imperio de Maximiliano I y las coronas hispánicas (Aragón y Castilla-León) de los Reyes Católicos, y, por descontado, los Estados Pontificios. Acorralado por todos, Carlos VIII no pudo consolidar sus conquistas y a duras penas logró retornar a Francia, maltrecho su ejército. Para el Papa se trató de una victoria política sin paliativos.

Mientras que casi toda Italia se unía contra los franceses, Florencia permaneció apartada de la liga. Fanatizados los florentinos por las soflamas visionarias de Savonarola habían arrojado a los Médicis de sus dominios y habían creado, bajo la soberanía del monje predicador, una república partidaria de Carlos VIII, el providencial salvador del mundo en las figuraciones místicas de aquél. Fue esta actitud política del nuevo regidor de Florencia y no tanto su espíritu reformista eclesiástico —el Papa había aprobado en 1493 sus propuestas de reforma de la orden dominica en Toscana— lo que alarmó a Alejandro VI y lo que no pudo tolerar. Enfrentado a Roma en ademán desafiante fue excomulgado, sentenciado a muerte, ejecutado en la horca y entregado su cadáver a las llamas en mayo de 1498. No era sino uno más de los opositores a la política estatal del Vaticano que pagó cara su osadía.

En Francia, al desaparecido Carlos VIII le había sucedido su primo, el duque de Orleans, Luis XII, quien suscribió con Fernando el Católico un tratado secreto en Granada por el que ambos se repartían el reino de Nápoles. Primeramente, como es natural, había que conquistarlo. El Papa estuvo de acuerdo, pues era un magnífico pescador en todos los ríos revueltos y atisbaba el beneficio que extraería de este. En junio de 1501 depuso al monarca napolitano, Federico II, bajo la falsa acusación de haber urdido un contubernio con los turcos en contra de la cristiandad y permitió que franceses, castellanos y aragoneses emprendieran la incautación. Surgidas las primeras desavenencias entre los coaligados, Alejandro evitó decantarse por uno u otro bando; la duda quedó despejada cuando en 1503 Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, derrotaba a los franceses en Seminara, Ceriñola y el Garellano, pero el Papa moría el 18 de agosto de ese mismo año (tal vez envenenado).

Fue enterrado, junto con Calixto III, en San Pedro. Cuando el obelisco de Nerón fue trasladado al centro de la plaza, se destruyó el monumento funerario y se recogieron los restos en una urna que años después se llevó a la iglesia de Santa María de Montserrat.

Las profecías de San Malaquías se refieren a este papa como Bos albanus in portu ('El buey albano en el puerto'), cita que hace referencia a que fue obispo-cardenal de Albano y Porto, y a que en el escudo de armas de su familia, los Borgia, aparece un buey.

Las artes 

En el capítulo artístico, encargó a Miguel Ángel la fundamental reconstrucción de la basílica de San Pedro y mandó levantar el edificio principal de la Universidad de Roma.

La política 

A pesar de tanto trajín burocrático, siempre encontró momento para las conspiraciones que permitían a su familia consolidarse como una de las más poderosas de Italia. Las herramientas que utilizó para estos menesteres fueron, en ocasiones, sus propios hijos, a los que inculcó una conciencia de clase demasiado elevada y cruel, dejándoles claro que lo principal ante todo era la familia.

Una de las primeras cuestiones que abordó el papa Alejandro fue el reparto de las tierras del Nuevo Mundo entre las dos potencias que optaban a su descubrimiento, colonización y dominio: Castilla y Portugal. En las bulas Alejandrinas de 1493 (las dos Inter cœtera, Eximiœ devotionis y Dudum siquidem), previas al Tratado de Tordesillas1494), se fija el meridiano divisorio de las zonas de influencia castellana y portuguesa a cien leguas de las Azores y Cabo Verde. 

Fuente:  wikipedia.org

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